lunes, 31 de mayo de 2010

El punto de vista cambia desde la cama de un hospital

Las carreras de los días anteriores se ven un tanto forzadas y exageradas, los pequeños detalles como comer, caminar o dormir tranquila y profundamente adquieren un valor insospechado. Sientes como llega el cariño de tus seres queridos y te cubre como un manto de protección, te reprochas por no dedicarles el tiempo suficiente... Extrañas el cariño de otros, que pensabas que estarían ahí…

Te vuelves conciente de cada una de las pequeñas partes de tu cuerpo, un cuerpo que usas a diario como instrumento de vida pero que ignoras la mayoría del tiempo. Nunca antes había pensado en las plaquetas, normalmente tenemos entre 150 mil a 300 mil. De repente te dicen que tienes 100 mil y empiezan a bajar, 90 mil, 70 mil, 60 mil. Cada día te las cuentan y son menos, mientras tú piensas, quiero mis plaquetas! Le dices a tu cuerpo, por favor, no olvides producir plaquetas pero tu cuerpo se niega y siguen bajando. Es como un conteo regresivo… y da mucho susto. Hace un par de días caminabas, dormías, comías sin pensar, sumergida en los problemas de la oficina y las grandes decisiones de tu vida. Luego un zancudito te pica y chao a todo. STOP. Y empiezas a pensar en plaquetas, hemorragia, dolor… Pero eso no es nada. Mientras a ti te mata un dengue, a un lado a un señor le van a cortar dos dedos de los pies y al otro lado un hombre agoniza por cáncer. La vida adquiere entonces otro sentido. Ya ni Mockus importa, ni el futuro del país. Sólo la vida… y no sólo la mía, sino la de todos, especialmente la de mis seres queridos.

En las camas vecinas hay llanto, risa, dolor, la humanidad elevada a su máxima potencia y la humildad sale a la luz gracias a la fragilidad del cuerpo.

La primera noche mis vecinos y yo parecemos calmados. El señor de la izquierda con sus dedos enfermos, ubicado en la cama 7, no ha recibido visitas pero lo llaman constantemente.
- Tranquila mija, mañana vuelvo, no se preocupe, no es nada. Le dice a su “novia”.
Le cuenta al doctor que el domingo intentaron robarlo y que él corrió para atrapar al ladrón, fue así como se golpeó los dedos. No sería nada grave si no fuese por su edad y su diabetes.

Mientras tanto, una joven morena cuida a mi vecino de la izquierda, en la cama 5. El viejito le pregunta: dónde me tienes? Y ella le dice, en el hospital viejo. Él no le cree: Mentira, me tienes en la calle, le responde. La mujer, casi una niña, le responde con paciencia. Le da comida, lo limpia, le ayuda a hacer sus necesidades. El hombre tiene largas pestañas, ojos negros brillantes y tristes, un poco rencorosos. Flaco, con la piel pegada a cada costilla. Mira con sus grandes ojos y sin decir nada, expresa todo.

Después de dos largas noches vividas cada segundo, los tres enfermos de las camas 5,6 y 7 seguimos esperando, esperando a que cada uno resuelva nuestro destino. Esta sala de observaciones es como una sala de espera. Todos estamos de paso, algunos se van rápido, otros seguimos acá. El vecino de la 5 ya está desesperado, incómodo y adolorido. Se le cae el pato dos veces y le da mal genio, la tercera vez el pato vuela y los orines son recogidos por la cortina de tela que nos separa. Yo en medio de mis nauseas por dengue, siento un poco de asco pero más tristeza. ¿Por qué nadie viene a ayudarlo?

En la tarde una enfermera le trae noticias, ya encontraron una habitación para hospitalizarlo. Es un paisa fuerte, con energía, se ve sano de no ser por sus dos dedos negros en el pie derecho. Recogen sus cosas y lo llevan en la silla de ruedas, va sonriente. Me mira, hasta luego me dice. Qué se mejore, le respondo. Ese es mi final feliz para él. Así lo quiero recordar, lleno de esperanzas y renovado por el cambio de habitación. No quiero pensar en sus dedos, me niego a pensar en ellos.

Mi vecino de la derecha también tiene su final feliz. Acababa de salir de una operación por cáncer y para ser llevado a su casa debe estar bajo el cuidado de una enfermera particular. Lleva dos días esperando que le asignen unas enfermeras y finalmente aparecen, dos hermosas mujeres grandes, morenas, de labios gruesos. Me produce una sonrisa pícara verlas, parecen salidas de una película porno. El hombre con sus ojos triste las mira sin expresión alguna. La enfermera de pelo rubio pintado lo mira y le dice: Tranquilo, mi especialidad son los pacientes tristes. La niña que lo cuida está feliz. Normalmente yo soy su enfermera, les dice y ellas le responden, nosotros vinimos a ayudarte. La niña sonríe, tiene una verdadera felicidad en el rostro. Guardo en mi memoria una foto: La niña le sostiene la mano al enfermo y las dos enfermeras los rodean como un par de ángeles traviesos.

Cuando ví esa imagen entendí el sentido de mi visita obligada al hospital. Mi amor por la humanidad resurge. Tengo ganas de vivir de nuevo, pero no como un robot, esclavo de sus deberes, sino con pasión… una vida para mí.

Al día siguiente yo también salgo del hospital. Sigo con nauseas y diarrea, pero al menos ya estoy fuera de peligro. Me voy a mi casa, a tomar caldito hecho por mi mamá. A recargar fuerzas antes de seguir.

2 comentarios:

░Þ∂Θ∫α░ dijo...

Bello Pao.

Anónimo dijo...

Hola Petu, qué bonito todo... Me produce una mezcla de alegría y otra cosa que no es alegría. Ojala y ya estés mucho mejor a estas alturas. Cuídate. Un abrazo!!!